Te quiero Phillip Morris: amor fou
Calificación: 7’5
Vuelve Jim Carrey. Vuelve la comedia. O casi.
Te quiero Phillip Morris (Glenn Ficarra y John Requa, 2010) podía haber sido una película de éxito en su país de origen (EE.UU.), una historia de amor cualquiera, protagonizada por un actor cualquiera (Jim Carrey o Ewan McGregor, por ejemplo), una comedia (o casi) que sin llegar a ser una obra maestra, habría podido dejar al público bien satisfecho. Y todo esto podría haber sido posible de haberse tratado de una peli comercial desde el primer momento sobre un amor cualquiera, comercial y… heterosexual.
Te quiero Phillip Morris nos presenta a un Jim Carrey maduro, consciente, como siempre lo fue, de su potencial para la comedia pero que en este momento también sabe explotar su vis trágica, que se mete en la piel de Steven Russell, un policía que parece encarnar el perfecto sueño americano: una casa bonita, una esposa sumisa y abducida por su integrista concepción de la fe cristiana y una hija pequeña.
De pronto sufre un acidente de tráfico, del que sale malherido y asegurando que a partir de entonces él iba a ser el que realmente siempre había sido: un hombre “gay, gay, gay”, tal y como dice mientras lo introducen en la ambulancia ante la indiferencia de los camilleros.
A partir de entonces, y tras comunicárselo a su perfecta esposa, Steven se dará a la canónia vida gay: frivolidad, lujo y promiscuidad. Y para poder mantener el altísimo tren de vida en el que él solito decidió enrrolarse, no encuentra mejor forma que convertirse en un estafador ya sea falsificando tarjetas de crédito, ya sea vendiendo tomates podridos.
Finalmente, este policía que había dejado de serlo, es cazado y sus huesos van a parar a la cárcel donde nos espera el nudo argumental de la película.
Un día, Steven observa en el patio una rutinaria pelea entre presos y descubre, apartado de todos, a un hermoso rubio ( Ewan McGregor) que asiste a la escena hororizado. Desde entonces ese chico rubio que se llamaba Phillip Morris y Steven Russell mantienen una complicada relación amorosa que necesita de la complicidad de muchos como la de aquel reo que se encarga de llevar y traer la correspondencia que ambos mantienen mientras cumplen condena en pabellones distintos.
Con todo, Steven es mucho más decido que Phillip y se adapta mucho mejor al ambiente penitenciario creando una sólida red de favores hasta conseguir que ambos convivan en la misma celda. Es entonces cuando asistimos a la escena más hermosa de la película: ambos bailan abrazados, mostrándose todo su amor y quedando en evidencia la dependencia a todos los niveles de Phillip para con Steven.
Pero de nuevo, las mentiras duran poco y les toca vivir su amor por separado. La acción se hace cada vez más vertiginosa y desternillante -sin olvidar las dosis de dramatismo- con constantantes salidas de la cárcel que duran igualmente poco dado que Steven no deja de caer en la reincidencia de la estafa llegando a ocupar un altísimo puesto en una importante empresa sin tener la menor idea de finanzas. Y mientras Phillip le echa en cara ser eso, un mentiroso incorregible (descubrimos que Steven que hasta entonces era el abogado de Phillip, ni siquiera era abogado), entendemos que a pesar de su personalidad, a pesar de no entender su comportamiento a veces, Steven todo lo que hace, lo hace por amor, amor fou.
Porque de eso trata esta película que no ha encontrado distribuidor en EE.UU. (el mismo país que alumbra el trabajo, luego impide que se vea, cosas de un imperio loco), del amor que dos hombres se profesan. Es un filme que a pesar, como he dicho, de que no lleguará a convertirse en una película de culto, sí es, sin duda, digna de mención por la magnífica interpretación de Jim Carrey y el hecho transgresor que supone darle vida a una rocambolesca historia de amor entre hombres que está basada, por otra parte, en hechos reales.
Hay, sin embargo, algunas peticiones que hacerle a Hollywood.
Si retrocedemos en el tiempo, nos encontramos con Brokeback Mountain ( Ang Lee, 2005) que igualmente nos habla de una historia de amor homosexual. Como en Te quiero Phillip Morris también, los personajes entran en conflicto -a otro nivel, evidentemente- consigo mismos ya que hasta el momento en que se encuentran han llevado vidas dentro de la norma social del heterosexismo, tal y como le ocurre al personaje de Jim Carrey.
Sería bueno que de una vez por todas, nos encontráramos con historias donde dos hombres (o dos mujeres) se enfrenten al amor desde la más abierta homosexualidad sin tener que pasar por el trance de romper con una vida en apariencia heterosexual.
En contra de esto habría que señalar lo significativo que resulta que actores de renombre hayan decidido darle vida a hombres homosexuales ya que esto habría resultado impensable en el Hollywood de no hace muchos años. Tal y como ocurrió en el caso Sean Penn con su papel en Mi nombre es Harvey Milk (Gust Van Sant, 2008), actores muy conocidos y respetados del cine estadounidense parecen (felizmente) dispuestos a romper moldes y tabúes anclados y sustentados por las atávicas y terribles tradiciones. Si de esta, como de otras películas, lo único que queda es esto -que tampoco lo creo así- habrá sido un excelente trabajo.
Os animo a disfrutar de esta película protagonizada, sin duda, por la pareja mejor avenida de este verano.

“Sería bueno que de una vez por todas, nos encontráramos con historias donde dos hombres (o dos mujeres) se enfrenten al amor desde la más abierta homosexualidad sin tener que pasar por el trance de romper con una vida en apariencia heterosexual.”
No podría estar más de acuerdo. Sería un signo de madurez de la sociedad que ya no consideraría la homosexualidad como la ruptura con el modelo heterosexual sino como un modelo distinto o, quizá mejor dicho, igual.
No me la he visto todavía pero me apunto a una comedia que no ha encontrado distribuidor en EEUU.
¿Les gustó más Brokeback Mountain porque no hay un solo chiste?
Un abrazo